domingo, 29 enero 2023

La señora de los gatos

2 agosto 2019
Jose F. Tejada
Gatos

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Todos los días, en algún momento de la mañana, una señora acude a la urbanización en la que vivo en Aguadulce y deposita comida en una esquina del edificio. Una colonia de gatos aguarda pacientemente y, sin esperar a que se vaya, todos comen plácidamente sin que nadie les moleste y seguidamente se siembran en la pista de tenis a tomar el sol y dormir la siesta.

Nunca me he llevado bien con los gatos. Ni puñetera gracia me hacen cuando saltan, bailan o se asustan con su sombra. Tampoco soy activista en cuanto a su desaparición del entorno urbano. Las personas somos bastante descuidadas con la basura, sobre todo lejos de nuestra casa, y prefiero cruzarme con un gato asilvestrado por la calle que con una rata o un ratón.

Creo que, hasta esta mañana, podría considerarme neutral en la batalla de gatos silvestres en la ciudad. Ha sido hoy cuando, tras dos años de observación, he sufrido las consecuencias de su posible descontrol.

Todos los días, en algún momento de la mañana, una señora acude a la urbanización en la que vivo en Aguadulce y deposita comida en una esquina del edificio. Una colonia de gatos aguarda pacientemente y, sin esperar a que se vaya, todos comen plácidamente sin que nadie les moleste y seguidamente se siembran en la pista de tenis a tomar el sol y dormir la siesta.

Hasta hace horas, mi incomodidad solo estaba fundada en la envidia cochina.

Me consta que representantes de la comunidad de vecinos ha hablado con la señora en repetidas ocasiones y le ha pedido que no echase de comer a los gatos en zonas comunes y, en caso de que no pudiese evitarlo, que pusiese la comida en la puerta de su casa y no en la de los vecinos. Tan solo sirvió para que siguiese alimentando a los felinos en el mismo lugar pero de forma mas discreta, a escondidas.

El caso es que, en donde había cinco, pasaron a ser diez y, ahora no hay quien los cuente. Desde hace unas semanas tenemos gatillos, muchos, pequeños, incontrolados por toda la urbanización.

La gracia del asunto es que están tan bien comidos que pasan de perseguir a los roedores que campan a sus anchas por el entorno de los contenedores de basura. Los gatos están demasiado gordos y cobardes para perseguir ratones.

Hoy me he encontrado el huerto al que le dedico horas, cariño, esfuerzo y dinero, destrozado. Cuando he llegado, todavía dos gatos pequeños sacaban tierra de la pimentera. La Flor Eléctrica que tanto trabajo me ha costado desarrollar por lo suelos.

Mi neutralidad se me ha vuelto en contra. Estamos acostumbrados a que las leyes vayan por un lado y la aplicación de las mismas por otro. Los ayuntamientos no tienen medios para hacerlas cumplir, los ciudadanos no las cumplimos si no nos obligan o sancionan y todo funciona a golpe de denuncia.

No seré yo el que haga daño a una mujer que, seguramente sueña cada día con ir a dar de comer a sus pequeños. Que no cuenten conmigo, aunque los felinos me coman un dedo del pie. Soy mas de denunciar a quienes los envenenan o ponen trampas para acabar con ellos. Pero estoy a un paso de cruzarme de bando.

Este problema que hoy es de convivencia, mañana puede ser de salud pública o brutalidad animal. El asunto es que no está entre las prioridades de los responsables políticos. Estos se deben a sus votantes, que son quienes tienen y adoran a los gatos y también aquellos que no los soportan.

La solución no es complicada: hay normas escritas, no hay que hacer nada mas que hacerlas cumplir, y si nos parece que están mal las cambiamos pero no se pueden ignorar.
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