domingo, 14 abril 2024

Pato, ¿cua?, la pardilla, avise al consejero

25 marzo 2024
Opinión
Patos cua

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Moisés S. Palmero Aranda. Educador ambiental

Con la algarabía de un Domingo de Ramos, siete patitos, ánades reales, aparecieron en mitad de una calle de Almerimar. En la comitiva uno parecía dirigir a los demás, pero a diferencia de Jesús de Nazaret, no sabía que se encaminaban a un triste final, y mucho menos que habría un cielo esperándolos. Seis murieron, por el último no he preguntado.

Por respeto a los devotos, no voy a comparar la pasión, muerte y resurrección de Cristo con la de los pollitos, simplemente aprovecho la coincidencia de la santa semana en la que estamos. De todas formas, salvo por la simpática procesión y el trágico desenlace, poco más se parece, porque el Vía Crucis, que es lo que me interesa, no lo vivieron ellos, sino los que intentaron ayudarlos.

La historia de las crías buscando a su mamá perdida, también ha sido contada muchas veces, y siempre con finales más amables, ya sea con patos, dinosaurios o un niño con un mono.  Además, por similitud, se parece más a la odisea de la sociedad de la nieve, porque los valientes, inconscientes o desesperados patitos, recorrieron, unos dos kilómetros y medio desde el campo de golf, donde imaginamos rompieron el cascarón, hasta el lugar en el que, una familia que estaba de mudanza, los recogió para que no muriesen atropellados.

Como la madre no se veía, ni había un claro lugar donde dejarlos, hicieron lo que se les pide a los buenos ciudadanos que hagan, llamar al 112. Y ahí empezó la larga travesía en el desierto para intentar ayudarlos. Dos veces llamaron y dos veces los ignoraron. La primera con un ya le llamaremos, y la segunda tras contactar con la policía local que les dijeron que se iban a poner en contacto con la asociación, que de forma voluntaria y poniendo dinero de su bolsillo, se encarga de cubrir las carencias del sistema. Todavía siguen esperando respuesta.

Entre lo poco que le preguntaron fue qué patos eran, y al tratarse de patos comunes, que se ven en cualquier lugar, le quitaron importancia. El protocolo lo tienen claro, solo se recogen las que aparecen en la lista de especies protegidas. Así que si el animal es doméstico, o aun siendo una especie silvestre, no está protegida, es cinegética o exótica, no irán a recogerlo y, sin llegar a decírtelo claramente, te invitarán a que te las apañes como puedas.  Y en fin de semana ni te cuento.

De ti dependerá dejarlos donde estaban y que sean depredados por los gatos del vecino o convertidos en calcomanía callejera; buscar las asociaciones sin ánimo de lucro que se dedican, por sensibilidad y principios, a salvar a todas las especies; o quedártelas para intentar sacarlas adelante, o comerte un pato a la naranja.

En realidad, hagas lo que hagas, te criticarán, porque al final siempre culpan al que hace lo que le piden que haga, tratándolo de animalista, de peluchista, de mal informado, de inculto o héroe de redes sociales.

Lo entiendo, los presupuestos son los que son y no dan para perder el tiempo con palomas, cotorras o ánades reales; que el 112 o los agentes de la autoridad están para cosas más importantes, y que la ciencia trabaja para conservar ecosistemas y especies protegidas, pero a la ciudadanía hay que darle una solución cuando se presenta un caso como este. No mirar para otro lado, llamarlos ignorantes, y dejarle el marrón entre las manos.

Muchos dirán que con el prófugo independentista a punto de volver victorioso, el novio de la presidenta investigado, el presidente amenazando que su mujer no se toca, Rubiales pensándose si vuelve del Caribe, y con la amenaza nuclear sobre nuestras cabezas, preocuparse de siete vulgares ánades reales es una auténtica gilipollez. Y tienen razón, mejor hacer como ellos.

Moraleja: Si ves un animal con dificultades, piénsalo muy bien antes de intentar ayudarle, porque al final puedes salir trasquilado. Y si decides hacer lo correcto, lo que piden que hagas, llamar al 112, emplea el ejemplo de nuestros dirigentes, miente, sin pudor, sin remordimientos de conciencia por colapsar el sistema, por hacerles perder tiempo. 

Cuando te pregunten ¿cua?, di que es un lince, una gaviota picofina o una cerceta pardilla. Llamarán urgente al consejero influencer para una buena foto con la que lucirse. Si el dinero de lo que gastan en fotos cada viernes para volver antes a casa, se lo diesen, para comida y gastos de veterinario, a las asociaciones que los recogen altruistamente, y dan soluciones reales al ciudadano, a lo mejor funcionaba el sistema del que presumen.

¡Demagogo!, ¿ahora el consejero tiene la culpa de que muriesen los patos? Pues sí, porque es una decisión política, de calderilla, y reparte cheques de millón según le sacan los colores. 

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